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Hace años que Christian Gálvez, uno de los rostros más populares y amables de la televisión, transita con éxito por el mundo de la literatura.  En sus trabajos no es difícil entrever la meticulosa tarea de documentación con la que apuntala su inventiva narrativa. Hace tres meses regresó a las librerías con He vencido al mundo, obra en la que sumerge al lector en los días clave de la Pasión. Una entrevista de José Gregorio González.

 -Lo exploraste en tu anterior novela y lo vuelves a hacer en esta. ¿Cómo se consigue aportar algo diferente, creíble, sin alejarse de lo que ya existe en un marco histórico tan conocido?

Desde mi punto de vista, el verdadero reto no está en inventar algo nuevo, sino en mirar lo conocido desde un ángulo distinto sin traicionar la verdad histórica y espiritual que ya existe. Cuando uno se acerca a una figura como Jesús o al nacimiento del cristianismo, parte de una base muy clara: los evangelios, las cartas apostólicas y toda la tradición que se ha construido durante siglos. Eso es un territorio sagrado que, como escritor, no puedes ni debes alterar. Mi objetivo nunca ha sido cambiar los hechos, sino explorar los silencios que hay entre ellos.

La Historia y los textos bíblicos nos dicen qué ocurrió, pero muchas veces no nos cuentan cómo lo vivieron quienes estaban allí. Ahí es donde entra la novela. A mí me interesa mucho poner el foco en los personajes que rodean esos acontecimientos: los amigos, los enemigos, los testigos, incluso aquellos que dudan. Intento entender qué sentían, qué temían, qué les movía.

-En tu anterior novela te moviste en dos tiempos, relativamente cercanos, pero dramáticamente dispares.

 En Te he llamado por tu nombre quise trabajar con dos planos temporales muy cercanos entre sí, pero emocionalmente muy distintos. Por un lado, la crucifixión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret y, por otro, está el mundo judío que se encamina hacia una tragedia histórica: la destrucción de Jerusalén, la caída del Templo, la sensación de que todo lo que sostenía la identidad de un pueblo está a punto de desaparecer. Para muchos judíos de la época, aquello era literalmente un apocalipsis para su patria.

Sin embargo, en ese mismo contexto aparece un grupo pequeño, casi invisible al principio: los primeros cristianos. Y lo fascinante es que ellos viven ese mismo momento desde una perspectiva completamente distinta. Donde otros ven el final, ellos ven el cumplimiento de una promesa. Donde muchos perciben la ruina de una historia, ellos creen estar presenciando el inicio de otra.

Esa tensión dramática me interesaba muchísimo como narrador. Porque, aunque los acontecimientos históricos son los mismos para todos, la mirada con la que se viven cambia radicalmente el significado de lo que está pasando.

-El verdadero protagonista es un niño que, a su manera, termina siendo un apóstol, salvando el mensaje de Jesús al proteger a su cronista, Lucas. ¿Qué tiene de especial su Evangelio?

En la novela, el verdadero protagonista es ese niño que, sin buscarlo, termina desempeñando un papel decisivo: proteger a Lucas, el cronista que está poniendo por escrito la vida y el mensaje de Jesús. De alguna manera, ese gesto lo convierte también en una especie de apóstol inesperado, porque no predica ni viaja, pero salva al que está llamado a preservar la memoria de todo lo ocurrido.

Y ahí es donde entra la importancia del Evangelio de Lucas. A mi juicio, tiene algo muy especial dentro del Nuevo Testamento. Lucas no fue uno de los doce apóstoles, sino un testigo de segunda generación, alguien que investiga, que pregunta, que contrasta fuentes. De hecho, él mismo lo dice al comienzo de su evangelio: ha querido investigar cuidadosamente todo desde los orígenes para ofrecer un relato ordenado. Eso le da a su texto una dimensión muy interesante, casi periodística. Lucas escribe con una mirada muy humana y muy universal. Es el evangelio donde aparecen con más fuerza los marginados, los enfermos, las mujeres, los pobres, todos aquellos a los que Jesús colocó en el centro del amor.

Más allá de toda duda, ¿fue real Lucas o en su figura tenemos una corriente o comunidad primitiva y su libro de cabecera?

Más allá de las dudas que siempre existen cuando hablamos de figuras del siglo I, la tradición cristiana ha identificado siempre a Lucas como una persona real. De hecho, aparece mencionado en varias cartas atribuidas a Pablo de Tarso, especialmente en la Carta a los Colosenses, donde se le llama “el médico querido”, y también en la Segunda carta a Timoteo, donde Pablo afirma que “solo Lucas está conmigo”. Eso ya nos da una pista importante: no estamos ante una figura puramente simbólica, sino ante alguien que formó parte del círculo cercano del apóstol.

Ahora bien, cuando hablamos del Evangelio de Lucas y de los Hechos de los Apóstoles (dos obras que en realidad forman un mismo proyecto literario), muchos historiadores y biblistas señalan algo interesante: aunque Lucas pudiera ser una persona concreta, sus textos reflejan también la vida de una comunidad cristiana primitiva. Es decir, detrás del autor hay investigación, testimonios, tradiciones orales y experiencias compartidas por los primeros discípulos. A mí me gusta pensar en Lucas como un puente. Un hombre culto, probablemente de origen griego, que no fue testigo directo de la vida de Jesús pero que se dedicó a recoger cuidadosamente los testimonios de quienes sí lo fueron.

Lucas fue una persona real, pero también la voz de una comunidad que necesitaba preservar y transmitir lo que había sucedido. Y esa doble dimensión —la del testigo individual y la de la memoria colectiva— es precisamente lo que hace que su obra tenga tanta fuerza histórica y narrativa dos mil años después.

-También pusiste empeño, sugiriendo más que afirmando, en hacer otra lectura de Judas. Es un personaje para novelar en profundidad.

Sí, sin duda. Por eso existe ahora He vencido al mundo. Judas es, probablemente, uno de los personajes más complejos y más malinterpretados de toda la historia cristiana, y precisamente por eso me parecía literariamente muy interesante acercarme a él desde otro ángulo. Durante siglos su figura ha quedado reducida casi exclusivamente a un símbolo: el traidor. Pero cuando uno se acerca a los textos del Nuevo Testamento y, sobre todo, a los matices que aparecen en los distintos evangelios, descubre que hay muchos silencios, muchas zonas oscuras. Sabemos lo que hizo, pero sabemos muy poco sobre qué pasó dentro de él para que llegara a tomar esa decisión.

Ahí es donde la novela puede aportar algo. No para justificarlo ni para cambiar lo que ocurrió, sino para explorar el drama humano que hay detrás de ese gesto. Judas fue uno de los doce, alguien elegido por Jesús, alguien que convivió con él durante años. Eso significa que su historia no puede ser solo la de la traición; necesariamente tuvo que ser también la de la cercanía, la admiración, la esperanza… y quizá también la decepción o el conflicto interior.

Y ahí está, creo, su enorme potencia literaria: Judas es un personaje que condensa algunas de las grandes preguntas del ser humano como la libertad, la culpa, el destino o el arrepentimiento. Y cuando un personaje reúne todos esos elementos, inevitablemente se convierte en alguien que merece ser explorado en profundidad dentro de una novela.

-Cuales son las coordenadas cronológicas de He vencido al mundo?

Se sitúa en los días previos y durante la propia Pasión de Jesús, es decir, en el origen mismo de lo que hoy conocemos como la Semana Santa. La novela se mueve en ese momento decisivo en el que todo está a punto de cumplirse: la entrada en Jerusalén, las tensiones con el Sanedrín, la última cena y, finalmente, la entrega y la crucifixión. Lo que me interesaba especialmente era mirar esos acontecimientos desde dos perspectivas muy distintas y muy humanas: la de Judas y la de María, la madre de Jesús. Dos personajes que están en extremos emocionales muy diferentes, pero que, de algún modo, se convierten en testigos privilegiados de lo que está sucediendo.

María es uno de los pilares de la misma. Cuesta imaginar a una madre que no quiera hacer saltar el mundo cuando dañan a su hijo

María es, sin duda, uno de los pilares emocionales y espirituales de la novela. Y precisamente por eso me interesaba mucho acercarme a ella desde una perspectiva profundamente humana. Porque, más allá de la figura teológica que la tradición cristiana ha desarrollado durante siglos, María fue ante todo una madre. Y cualquier padre o madre puede entender hasta qué punto resulta insoportable imaginar el sufrimiento de un hijo. Lo natural, casi instintivo, sería querer detener el mundo, rebelarse, impedir que eso ocurra a cualquier precio. Esa tensión es, para mí, una de las claves dramáticas más potentes de la Pasión.

-Pero el mundo no se detiene para María…

Con María sucede algo extraordinario. Ella vive ese dolor inmenso sin dejar de confiar en aquello que su hijo había anunciado. Es decir, su maternidad está atravesada por una paradoja muy fuerte: el impulso natural de proteger a su hijo y, al mismo tiempo, la conciencia de que lo que está sucediendo forma parte de un designio que la supera. En la novela me interesaba explorar precisamente ese equilibrio tan difícil. No una María distante o idealizada, sino una mujer que sufre, que duda, que teme, pero que también sostiene una fortaleza interior enorme. Porque, en el fondo, la Pasión no solo es el camino de Jesús hacia la cruz; también es el camino de una madre que acompaña a su hijo hasta el final. Y esa dimensión humana, silenciosa y profundamente dolorosa, es la que convierte a María en uno de los personajes más conmovedores de toda la historia cristiana.

Un tercer eje pivota alrededor de la figura de un centurión, ¿qué podemos esperar de este personaje?

En realidad no es un solo centurión, sino dos, y ambos representan miradas muy distintas frente a los acontecimientos que rodean a Jesús.

Por un lado está Cornelio el Centurión, un hombre al servicio de Roma pero que, en la novela, ya ha tenido un encuentro previo con Jesús y cree en él. Eso lo coloca en una posición muy particular: sigue siendo un oficial del Imperio, obligado a cumplir órdenes, pero interiormente ya no mira lo que sucede en Jerusalén con los mismos ojos que el resto de los soldados. Vive una tensión constante entre su lealtad a Roma y la convicción de que ese hombre al que muchos quieren eliminar es, en realidad, alguien extraordinario.

Frente a él aparece Longinos, que representa justo el punto contrario. Es un militar disciplinado, escéptico, acostumbrado a la violencia y a la lógica del poder. Al principio no tiene ninguna razón para creer en Jesús ni para implicarse emocionalmente en lo que está ocurriendo.

Lo interesante es que el recorrido de ambos personajes es muy distinto. Cornelio ya ha dado el paso de la fe y observa los acontecimientos con una mezcla de preocupación y esperanza. Longinos, en cambio, comienza como un simple ejecutor de órdenes, pero será precisamente su cercanía a los momentos más dramáticos de la Pasión lo que lo coloque en el centro de la historia.

De ese modo, los dos centuriones permiten mostrar cómo incluso dentro del propio aparato de Roma hay hombres que empiezan a enfrentarse al misterio de lo que está ocurriendo en Jerusalén. Y, especialmente en el caso de Longinos, el lector podrá acompañar un proceso que terminará teniendo un papel protagonista en el desenlace de la novela.

-El marco cronológico te permite detenerte algo más en Jesús, hacerle hablar más.

Sí, en esta novela el marco cronológico me permitía acercarme más a Jesús y hacerle hablar más que en la anterior. Estamos en el momento en el que su mensaje alcanza una intensidad máxima, cuando cada palabra tiene un peso enorme porque todo está a punto de cumplirse. Eso me daba la oportunidad de mostrar a un Jesús más presente en escena, dialogando más con quienes le rodean: con sus discípulos, con Judas, con su madre, incluso con aquellos que lo observan desde la distancia. No se trata de añadir discursos artificiales, sino de ampliar dramáticamente esos momentos de conversación y de tensión que los evangelios mencionan de forma más breve.

Para un novelista, ahí hay un territorio narrativo muy interesante. Los evangelios nos transmiten las palabras esenciales de Jesús, pero muchas veces lo hacen de forma muy condensada. La novela permite detenerse en esos instantes, explorar las miradas, los silencios, las emociones que rodean cada diálogo.

Y creo que eso ayuda también a que el lector perciba con más claridad la humanidad de esos encuentros: cómo hablaba Jesús con quienes le seguían, cómo respondía a quienes lo cuestionaban, o cómo se dirigía a los suyos cuando sabía que el final estaba cada vez más cerca. Esa cercanía, en el contexto de la Pasión, hace que cada palabra resuene con una fuerza todavía mayor.

Un autor, por lo general, aprende con cada obra. En tu caso, ¿qué impronta conservas de estas dos novelas?

Creo que cada novela te deja una huella distinta, pero en el caso de Te he llamado por tu nombre y He vencido al mundo la enseñanza principal ha sido aprender a convivir con el respeto a la historia y, al mismo tiempo, con la libertad narrativa. Cuando trabajas con acontecimientos y personajes que forman parte del origen del cristianismo, sabes que estás entrando en un territorio muy sensible, muy conocido y muy estudiado. Eso te obliga a documentarte muchísimo y a ser muy cuidadoso con el contexto histórico, con las fuentes y con el marco en el que se desarrollan los hechos. Esa disciplina, para mí, ha sido una de las grandes lecciones.

Pero al mismo tiempo he descubierto algo muy interesante: la novela vive en los espacios y en los márgenes que la historia no describe con detalle. En las miradas, en los silencios, en las decisiones íntimas de los personajes. Ahí es donde el escritor puede aportar una mirada propia sin traicionar lo que ya sabemos.

Si tuviera que resumir la impronta que me dejan estas dos novelas, diría que me han enseñado a trabajar con personajes enormemente conocidos como Jesús, María, Judas o los primeros testigos intentando devolverles su dimensión humana. Y cuando consigues que el lector vuelva a mirar a esos personajes no solo como figuras históricas o religiosas, sino como personas que sienten, dudan y toman decisiones en momentos límite, entonces la historia vuelve a respirar.

Y para un novelista no hay mayor aprendizaje que ese: descubrir que incluso las historias más conocidas todavía pueden emocionar cuando se cuentan desde un lugar honesto y profundamente humano.

José Gregorio González

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