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Antes de que el lector lea esta noticia, conviene que sepa que para mí todas las guerras deberían de ser evitadas. incluso aquellas que aparentemente. con pruebas sólidas y confirmadas por observadores independientes, alberguen un sustrato de justicia social. Siempre, siempre, morirá gente inocente, y siempre, siempre, tras la guerra habrá para algunos de quienes las alientan abierta o encubiertamente, un beneficio deplorable. Entiendo que algo así, la «guerra justa«, es más una utopía, un sueño, que una realidad alcanzable, ya que por un motivo o por otro, no solo se libran guerras aparentemente justificadas, autorizadas y amparadas por instituciones supranacionales, sino que la inmensa mayoría de las guerras y conflictos en marcha lo son al margen de esas normas y esos filtros, que sin duda también pueden ser cuestionables.
Personalmente empiezo a aborrecer en exceso este mundo de matones y de cómplices, pero no quiero entrar en ese análisis ahora. Esta noticia tiene que ver con unas sorprendentes e interesantes denuncias que están siendo presentadas en la última semana por militares estadounidenses ante organizaciones y organismos de observación y control de sus fuerzas armadas. Una de ellas, la Fundación para la Libertad Religiosa Militar, ha recibido desde el pasado fin de semana, cuando Estados Unidos e Israel atacaron Irán, más de un centenar de quejas, procedentes de suboficiales y soldados, relativas al discurso ultracatólico desplegado por algunos de sus comandantes. Un discurso que vincula el ataque a Irán con el final de los tiempos y el cumplimiento de profecías recogidas en el Apocalipsis. En ese escenario extremo y sumamente especulativo de los altos mandos,  Trump desempeña una misión divina, facilitando el desarrollo del Armagedón y el regreso de Jesús, así como la imprescindible existencia de Israel como estado para que lo profético se cumpla. Desde esa visión fundamentalista cristiana, se anima a las tropas a vivir con entusiasmo y especial motivación el conflicto en el que han sido involucrados sin la autorización del Congreso al que deben servir. Al parecer, según las denuncias de estos militares, las arengas mañaneras religiosas de algunos superiores, detectadas en una treintena de emplazamientos militares, exceden con creces lo que suele llegar a ser habitual en tales individuos. Parecen responder a una consigna, quizá a una convicción también, que violenta a los subordinados y viola leyes específicas y códigos de neutralidad de credo entre ellos.

Algo así no debe extrañarnos demasiado al saber que el Secretario de Defensa, Pete Hegseth, promueve en el Pentagono sesiones de oración mensuales y cursos de estudio bíblico en la Casa Blanca en los que explícitamente se apoya el papel de Israel como pueblo elegido. Cada uno puede tener sus creencias y exigir respeto por ellas. Pero con enfoques de este tipo se alimentan ideas extremadamente peligrosas, en las que la guerra económica de unos se puede llegar a convertir en la guerra santa, de religiones, para otros. El mundo es un polvorín, y hay pirómanos por todas partes deseosos de darle fuego.

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