La Stygiomedusa gigantea es tan fascinante como colosal. Antes costaba mucho ver a estas medusas gigantes, cuya campana o cabeza puede medir 1 metro (cómo la rueda de un camión) y sus «brazos» alcanzar los 10 metros de longitud (una guagua o autobús). Sin embargo, cada vez aparecen a un nivel más próximo a la superficie y de las propias costas antárticas, lo que quizá tenga que ver con el calentamiento global. También, el desarrollo de sumergibles, ha contribuido a sacarla de las tinieblas lovecraftianas en las que habita.
A diferencia de las medusas comunes que encontramos en la playa, la Stygiomedusa no tiene tentáculos urticantes (esos hilos delgados que pican). En su lugar, posee cuatro brazos orales que parecen sábanas o cortinas de terciopelo flotando en el vacío. Los utiliza para envolver y atrapar a sus presas, funcionando más como una red de captura que como un arpón. Su color es un rojo púrpura profundo, un tono que en la oscuridad total del abismo actúa como un camuflaje perfecto, volviéndola prácticamente invisible.
Tres curiosidades que la hacen única
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Más rara que un astronauta: Desde su descubrimiento en 1910, solo se han registrado unos 126 avistamientos en todo el mundo. Estadísticamente, es más probable que una persona viaje al espacio a que se tope con este animal en su hábitat natural.
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Un refugio viviente: Se ha observado que un pez llamado Thalassobathia pelagica vive en una relación de simbiosis con ella. El pez se esconde entre los brazos gigantes de la medusa para protegerse de los depredadores, usándola como un escudo viviente de 10 metros.
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Resistente a la presión: Vive habitualmente a 3,000 metros de profundidad, donde la presión es equivalente a tener a 50 aviones Boeing 747 sobre tu cabeza. Sin embargo, en la Antártida, se la ha visto a menos de 100 metros, un fenómeno que sigue desconcertando a los biólogos.





