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Canarias es un auténtico crisol de misterios, un genuino continente en miniatura en el que es posible encontrar cualquier expresión del misterio que seamos capaces de imaginar. Animales criptozoológicos, sociedades secretas, casas encantadas, encuentros con OVNIS, islas fantasmas, arquitectura hermética, apariciones marianas, fiestas paganas, pirámides, objetos milagrosos…José Gregorio González traza en su libro Guía Mágica de Canarias un detallado mapa de lo insólito en el archipiélago, una cartografía en la que ocupa un lugar muy destacado las enigmáticas luces populares.

Frente a las modernas y constantes apariciones de OVNIs que siembran los cristalinos cielos de Canarias, las luces populares constituyen uno de los misterios más sorprendentes de cuantos podemos conocer en el archipiélago, un enigma que se muestra desafiante resistiendo tanto al paso del tiempo como a las múltiples explicaciones esbozadas para intentar comprenderlo. Han pasado ya varías décadas desde que Jesús Callejo y Javier Sierra acuñasen esta denominación de luces populares, para referirse a una serie de fenómenos luminosos cuyo retrato robot más habitual es el de una pequeña bola incandescente, de tonos amarillos y rojizos, que de manera saltarina y puede que hasta curiosa, se aproxima a los testigos manteniéndose visible durante largos periodos de tiempo. Por razones que ignoramos y que quizá estén en relación con la activa mecánica volcánica del archipiélago, el fenómeno se registra con abrumadora frecuencia por todo el archipiélago, un territorio en el que este misterio ha sido contemplado a lo largo de las épocas como una manifestación de almas en pena, reuniones brujeriles o como producto de mágicos encantamientos. Durante años hemos podido inventariar con precisión este fenómeno por todas las islas, indagando en la memoria y la tradición popular, así como en la casuística contemporánea que revela la vigencia en nuestros días de tan desconcertante misterio. A en base a todo ello y con rotundidad, en el mapa de las luces populares de Canarias sobresale con creces por encima del resto una luminaria, la Luz de Mafasca. 

Mafasca, misterio vivo.

Sin duda y por méritos propios, la Luz de Mafasca, en tierras de Fuerteventura, se ha convertido en uno de los iconos más potentes del misterio en Canarias. La tradición remonta sus observaciones varios siglos atrás, y de hecho las primeras reseñas escritas que aluden a su avistamiento son de finales del siglo XIX. La mayor parte de sus observaciones se localizan en los municipios de Antigua y de Betancuria, en los que resulta inusualmente sencillo encontrarse con testigos directos o con informantes que conocen personalmente a vecinos que han visto de cerca y sin margen a la confusión, a nuestra luminosa protagonista. La gente habla con libertad de un fenómeno que ha terminado por permear en su cotidianeidad llegando a dar inspirar cuentos infantiles, cuadros o películas, cediendo su nombre a colectivos vecinales, jornadas culturales e incluso calles. Actualmente, y como parte de una investigación en marcha llevada a cabo por quien firma éste artículo junto a Luis Javier Velasco, Alberto Montesdeoca y Luis Niño, se han podido inventariar con precisión un total de 97 casos, algunos de ellos de fecha tan reciente como 2014. El vaciado de los datos realizado por Luis Velasco permite observar que más de 50,4% siguen un patrón de observación estándar, con relativa cercanía, interacción con el o los testigos, duración amplia, etc. Curiosamente el segundo gran grupo de casos, un 32%, está constituido por encuentros en los que el sujeto va en un vehículo y la luz se cruza en su camino, mantiene su mismo itinerario o incluso entra en el coche o camión.

Ante un catálogo tan nutrido y considerando los diferentes parámetros que se pueden manejar, resulta muy complicado seleccionar los casos que puedan definirse como los más importantes. Por la extrañeza con la que se manifestó el episodio destaca el vivido por Vicente Peña. Este testigo la observaba hace unos 50 años desde la lejanía “con frecuencia mirando desde Triquivijate hacia El Matorral, con el mar de fondo. Siempre en la misma zona, aparentando ser barcos de pesca, para después desparramarse y dividirse hasta en siete u ocho luces, cerca unas de otras. Después volvían a unirse haciéndose una sola”. La lejanía de la observación, como en otros episodios, presupone un tamaño considerable que tiende a reducirse muchísimo cuando se aproxima a los testigos.

Extraño también puede considerarse el caso comunicado por el padre de Augusto Quesada, joven que nos narraría la peculiar escolta que tuvo su progenitor una noche de verano de 1996. “Una emergencia médica había motivado la hospitalización de mi hermana, y en el trayecto de regreso, pasadas las 3 de la madrugada, desde Puerto del Rosario a Jinijionamar, mi padre vio en solitario la luz, de color anaranjado. Lo curioso es que mi padre se equivocó al tomar un desvío a la altura de Pozo Negro, quedándose la luz atrás, pero al corregir el trayecto e incorporarse a la carretera general, la luz reapareció y le acompañó hasta donde nos alojábamos” En esta ocasión, la extrañeza radica en la aparente inteligencia que demuestra la luminaria, anticipándose al “despiste” del observador.

Si por el contrario consideramos la cualificación de los testigos llama la atención la observación protagonizada en noviembre de 1950 por Antonio Marchal Bueno, Jefe del Servicio Meteorológico del Aeródromo de Los Estancos. La pudo contemplar a poco más de 50 metros de distancia y por más de cinco minutos, inicialmente de color blanquiazul brillante y del tamaño del foco de una linterna. Poco después se pondría a menos de diez metros de distancia, tornando su color al rojizo y aumentado su tamaño hasta unos cuarenta centímetros de diámetro. “También observé que al llegar al máximo de su tamaño se desprendían unas chispas por toda su periferia, definiéndosele vulgarmente, como lo que sucede al afilar una herramienta en la piedra de esmeril, dejando de brillar dichas chispas a unos veinte centímetros del disco y sin dejar rastro alguno; una vez ocurrido esto y pasados unos nueve minutos volvió a su primitivo estado viéndolo desaparecer a ras de la tierra a gran velocidad; cuando llegó al máximo de su desarrollo, la iluminación fue tan extrema, que el campo quedó completamente iluminado”.

En 2013 accedimos a un caos que venia acompañado de un documento fotográfico, el único existente sobre la luz y por tanto, motivo de excepcionalidad. Ocurrió durante un verano de la década de los ochenta, cuando las cámaras digitales eran casi ciencia ficción. La observación de la luz se llevó a cabo por parte de una decena de miembros de una familia que estaba pasando el verano en la playa de Giniginamar, en Tuineje, Fuerteventura. Observaron como la luz se dejaba ver con sus tonos rojizos, acercándose al grupo y realizando diferentes movimientos en el entorno. Los testigos sabían perfectamente que aquello que estaban observando “era la Luz de Mafasca, de la que con tanta naturalidad y frecuencia habla la gente” La observación se prolongó lo suficiente como para que se pudiesen lanzar cuatro fotografías, tomadas por Oliver Marrero en el momento en el que su padre apagaba la pequeña hoguera que tenían encendida, pensando que con más oscuridad la luz saldría más destacada en las fotos. Solo una de las imágenes logró salir en buenas condiciones, inmortalizando la luminaria y pasando a formar parte de los recuerdos y anécdotas más preciados de la familia.

No obstante, atendiendo a la duración del mismo y al hecho de haber existido un inusual contacto físico con el mismo, no hay duda de que el encuentro más notable de todos lo protagonizó a nuestro juicio Domingo Alberto Brito, ya fallecido. Este buen hombre ya octogenario compartía con nosotros, precisamente para un reportaje publicado en Más Allá, su encuentro con la luz hace más de setenta años. “Fue en 1941, al año de casarme, ­-nos relataba-. Yo vivía en Betancuria pero había venido a las fiestas de Antigua. Cuando regresaba a mi casa vi la luz a lo lejos, sobre un lomo, por lo que aceleré el paso, pero al momento ya estaba cerca. A la altura de un pequeño barranco la luz pareció bajar, y yo aproveché para ir más deprisa todavía cogiendo un atajo, pero cuando llegué al final allí estaba la luz, paradita junto a un mojón y una pitera.

Seguí para mi casa y de nuevo quise evitarla, por lo que en vez de seguir por el callejón que daba a mi casa, caminé por la gavia. Cuando salí de la misma salté al camino junto a mi casa, y la luz estaba de nuevo quieta, posada encima de una piedra que había en la entrada. Entonces se me ocurrió darle una patada, y cuando lo hice, ¡se me quedó todo el pueblo de la Villa de Betancuria encendido, como el “peso” del mediodía! Desde ese día no la he vuelto a ver.”

De Almáciga a Teror

Con ser la Luz de Mafasca la más conocida, no es ni mucho menos la única que se ha dejado ver desde hace siglos por Canarias. Las tenemos en todas las islas y en escenarios rurales y urbanos. El retrato robot tiende a ser similar, con un tamaño que oscila desde el de una moneda de un euro al de una pelota de balonmano, mientras que su gama de colores oscila desde los blancos y azules, a tonos rojizos. Lo habitual es que se vea una sola luz, que puede aumentar o disminuir su tamaño, abandonando la forma esférica para convertirse en un simulacro de hoguera o en un amasijo chisporreante de brasas. No obstante hay casos de más de una luz, fusionándose o bien dividiéndose en cuerpos independientes. Llama la atención la frecuencia con la que la luz se manifiesta ante varias personas al mismo tiempo, así como la duración de los encuentros, que suelen prolongarse muchos minutos e incluso horas. El sonido es apenas anecdótico y la cercanía es tanta que a veces se ha dado contacto físico. Su luz no es cegadora, aunque puede dar estallidos que deslumbran al testigo, no existiendo testimonios que hablen de cambios de temperatura significativos. Aunque se la teme y la gente prefiere no toparse con ellas por vincularla con almas en pena, no hay episodios de agresión ni consecuencias negativas para el observador. Con todo, lo más desconcertante en su aparente inteligencia, la curiosidad que parece mostrar hacía los testigos, entrando en ocasiones en un aparente y provocador juego, reaccionando a los mismos con aproximaciones extremadas, cambios de ritmo y forma, etc. Sean lo que sean estas luminarias, y descartando que se trate de almas que purgan sus pecados así como de fenómenos tan socorridos y fuera de lugar como los rayos en bola o los fuegos fatuos, las luces populares en Canarias constituyen un desafío en toda regla presente por toda la geografía de las islas Afortunadas.

En el entorno de Anaga, en Tenerife, nos topamos con éstas extrañas luminarias en varias localizaciones, llegando a dar sus frecuentes apariciones nombre a un hito geológico de esas hermosa y abrupta zona costera, el Roque de las Animas. Además, en la cercana zona de Almáciga llegó a darse uno de esos escasos encuentros en los que se produce contacto físico con el fenómeno, concretamente con la llamada “Luz de Gutierrez”
Saltando de isla llegamos a Gran Canaria, territorio en el que el fenómeno también se manifiesta con inusitada frecuencia. De hecho, las apariciones de una de estas luces terminaron dando nombre al cosmopolita Puerto de la Luz de la ciudad de Las Palmas, rastreando su presencia en lugares tan dispares como el casco antiguo del municipio de Telde con la Luz de San Francisco, las espectaculares cumbres de Tejeda con la Luz del Bentaiga o los impactantes paisajes de la Aldea de San Nicolás con la llamada Luz de Toledo. Sin embargo, por antigüedad y reseñas escritas es obligado destacar el llamado “Jacho de La Laguna”, que hacía su aparición entre los municipios grancanarios de Teror y Valleseco. Supimos de esta historia gracias al historiador Gustavo Alejo Trujillo, quien a su vez la rescató de fuentes contemporáneas al fenómeno, como es el caso de Sebastian Jiménez Sánchez, quien escribía sobre el mismo con los siguientes términos: “Refieren los más ancianos de estos pueblos de medianías y de cumbre oír decir a sus padres: «Que todas las noches, en el lugar conocido por La Laguna, aparecía un hacho encendido que seguía trayectorias diversas. Esta misteriosa aparición luminosa se interpretaba como el alma en pena de una persona que llevada de cierta cólera y de ideas anticristianas se entretenía en destrozar una cruz, de esas que tanto abundan en nuestros caminos de herraduras y carreteras, rememorando fechas religiosas o desgracias personales. La cruz en cuestión recordaba el accidente, con pérdida de su vida, de uno que se dirigía a una «última» en el pago del Zumacal. El autor del desafuero, impresionado de ciertas apariciones y sueños, embarcose para la isla de Cuba con el fin de olvidar correrías y creerse libre de alucinaciones. Refiere la leyenda que el tal murió allá, y su espíritu venía a penar seis meses a Canarias, en forma de «jacho luminoso», en el lugar preciso donde él destrozara la cruz de la leyenda, y otros seis meses en Cuba”Nos topamos con ese caso por “casualidad”. El testigo era nieto de uno de los tres protagonistas del encuentro, ocurrido a mediados del siglo XX. Al parecer, al igual que a muchos vecinos a los testigos les picó la curiosidad sobre la naturaleza de las luces que habitualmente se dejaban ver por la zona, unas luminarias que incluso ellos habían podido ver en la distancia algunas noches. En el ánimo de los tres amigos estaba dar con los responsables de aquellas luces nocturnas, que consideraban de carne y hueso, por lo que una noche decidieron salir en su búsqueda. Y así fue como localizándola en una parte de un sendero decidieron ir a por ella cercándola. Uno de los observadores se acercó tanto que a cierta distancia se atrevió a lanzarle una piedra. “A partir de ese momento, según me dijo mi tío y mi abuelo, el buen hombre estuvo viendo la luz por lo menos tres días. Aquello pegó un destello que lo dejó deslumbrado y del susto hasta soñaba con la luz”, concluía su relato nuestro testigo en el tiempo. Al parecer, según confirmaría de manera independiente el investigador Carlos Soriano, el nombre de Luz de Gutiérrez se le asignaría por ser éste el apellido del sujeto al que cegó la luz. Soriano pudo recoger también el valioso testimonio de Juan “El Cuco”, vecino y memoria viva de aquellos hermosos parajes, quien una madrugada vivió su propio encuentro con el misterio mientras transitaba por aquellos senderos. “En un momento determinado –comenta Soriano-, a un lado del camino aparece una extraña luminaria que a don Juan le llama poderosamente la atención. Estaba quieta, como esperándole. Él pensó que podría tratarse de la linterna de un pescador. Nos confiesa don Juan que, “Lo que le faltó fue hablarle”. En el momento en que hace un ademán para continuar su camino, aquella luminaria de un color blanquecino semitransparente, le salta, dando enormes “brincos” entre los riscos, hasta situarse frente a él, a poco más de metro y medio de sus pies. Don Juan, con cierta calma y sangre fría, dirige el halo de su linterna hacia aquello: “Enfoqué como de aquí a allí, para ver si era un bicho o un ave… pero ave no era!!!” De pronto, aquella cosa se deslizó flotando, alejándose de él y perdiéndose entre los riscos. Pero no contento con lo abrumador de tan insólito encuentro, Don Juan decide seguirla para tratar de comprobar de qué se trataba: “…bajé a la playa, por donde tenía que venir y miré para los lados a ver si la veía, porque dicen que esta luz le seguía a uno. No la vi y entonces me puse a buscarla por dentro de las piedras aquellas, a ver si la veía…”- nos contaba mientras señalaba un punto cercano a la playa. Tras una leve búsqueda, Don Juan continuó su camino con la curiosa esperanza de que aquella luminaria, tal como cuentan los lugareños que acostumbra a hacer, le seguiría. Pero no fue así”

Los Hachones del Time y la Vega Abajo.

Tras la Luz de Mafasca, la mayor popularidad la acaparan los llamados Hachones del Time, en la isla de La Palma. Desde hace siglos los vecinos del Valle de Aridane y de Tijarafe observan estas bolas de luz revoloteando por toda la cordillera montañosa del Time, surcando a sus anchas el Barranco de las Angustias, tanto en dirección a la costa de Tazacorte como hacia el interior de la siempre mágica Caldera de Taburiente. Son muchos los que en el pasado fueron testigos de tan singular fenómeno, atribuido tradicionalmente a las almas de los guerreros indígneas, los antiguos auaritas, que lucharon con Tanausú y que clamaban por la libertad que en su momento perdieron. Lorenzo Rodríguez recogió en el siglo pasado, en sus Noticias Históricas, la tradición de las luminarias palmeras incluyendo el relato dentro de su descripción del pueblo de Tijarafe:

 “En una de las aludidas vueltas de El Time, y a cosa de la mitad de la elevación del mismo, se observa un fenómeno que se ve de Los Llanos con alguna frecuencia. Consiste en una luz, de color muy vivo, que se deja ver allí, la cual muchas veces, dividiéndose en dos o más luces, corren hacia el mar volviendo a reunirse al punto de partida pasado un rato. Algunas personas han tratado de averiguar sobre el mismo terreno la causa ocasional de este fenómeno; pero sus deseos se han quedado frustrados porque, mientras que de Los Llanos se estaba viendo constantemente la expresada luz, aquéllas han tenido que volverse sin haber visto luz ninguna ni descubierto el origen de ella”

El intelectual palmero incluye en su descripción, la obligada reseña a su origen según la memoria colectiva: “La tradición cuenta que viniendo de Tijarafe, o de Puntagorda, unos romeros, les sorprendió la noche en El Time, y viéndose en la imposibilidad de poder descender, a causa de la mucha oscuridad que hacía, rompieron una cruz de tea que allí estaba colocada e hicieron un hacho con el que se alumbraron; y de aquí se dedujo y aún deducen las gentes sencillas que aquella luz tiene origen sobrenatural. La creencia más generalmente aceptada, sin negar el hecho de la cruz que la tradición conserva, es que allí debe existir alguna materia fosfórica en gran cantidad que produce el fenómeno, con tanta más razón cuanto que en las noches lluviosas y húmedas es cuando se hace más perceptible la expresada luz”. Resulta significativa sin duda la aparición en tierras palmeras de la misma reseña popular al sacrilegio que nos encontramos en Mafasca de quemar una cruz, y al pecado mortal que supone tal hecho, debiéndose penar como luminaria por la eternidad. Curiosamente la tradición mantiene precisamente en la zona de El Time una gigantesca cruz asociada a la leyenda y a los fenómenos luminosos que la acompañan.

Finalizamos nuestro recorrido en la isla de La Gomera, donde este misterio luminoso también cuenta con un destacado protagonismo. Junto a la Luz del Roque, que deambula por el entorno de Roque Cano en Vallehermoso, el máximo exponente es la conocida como Luz de la Vega Abajo o Luz de la Dama, luminaria que aparece en el mismo municipio y que acumula decenas de testigos y una leyenda sobre su origen un tanto peculiar. Se cuenta que el alma que pena en forma de luz es la de un pirata o contrabandista que tras matar a uno de sus socios y esconder un tesoro, murió a manos de un tercero, quedando el cofre oculto y en paradero desconocido, aunque custodiado por el criminal y codicioso pirata. Las observaciones siguen el mismo patrón, aunque en la casuística gomera la luz tiende a comunicarse, hablándole a los testigos sobre su naturaleza penante o advirtiéndoles de manera intimidatoria sobre la osadía de cruzarse en su camino.

José Gregorio González

Parajes donde deambula la luz de Betaiga
Playa Rajita - Luz de La Dama - La Gomera
Fuerteventura - Luz de Mafasca
Domingo Alberto Brito - Luz de Mafasca
Cruz en Los Llanos de Mafasca
Mural alegórico a la Luz de Mafasca
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