COMPARTE:

CHINOS Y EGIPCIOS EN AMÉRICA

A PESAR DEL ENORME CÚMULO DE EVIDENCIAS RECOGIDAS EN LOS ÚLTIMOS CIEN AÑOS, SON MUCHOS LOS QUE SIGUEN PENSANDO ERRÓNEAMENTE QUE EL PRIMER CONTACTO ENTRE EL MUNDO ANTIGUO Y LAS TIERRAS AMERICANAS SE LO DEBEMOS A CRISTOBAL COLÓN. Y NADA PUEDE ESTAR MÁS LEJOS DE LA REALIDAD, YA QUE DESDE LOS FENICIOS A LOS VIKINGOS, PASANDO POR MALLORQUINES Y TEMPLARIOS, DEJARON SEÑALES DE UNA VISITA AL NUEVO MUNDO ANTES DE QUE ÉSTE FUERA “DESCUBIERTO”. EGIPCIOS Y CHINOS TAMPOCO FUERON UNA EXCEPCIÓN.

El 17 de mayo del año 1970 una tripulación internacional con el mítico Thor Heyerdahl al frente, emprendió una aventura marítima que marcaría un antes y un después en nuestra concepción del pasado. Durante 57 días navegaron desde la costa noroccidental de África, concretamente desde el puerto marroquí de Safi, hasta la isla caribeña de Barbados, usando para ello una embarcación de papiros construida siguiendo el sistema tradicional de los indios Aymaras, herederos de los antiguos constructores de embarcaciones de totora de la cultura preincaica de Tihuanaco. 6.100 kilómetros de océano Atlántico fueron testigos, en pleno siglo XX, de una hazaña que sugirió con más fuerza que nunca la posibilidad de que en un pasado remoto, cientos e incluso miles de años antes que Colón, diversos pueblos alcanzarán las costas americanas. Y al parecer las alcanzaron por uno y otro frente, a través del Atlántico y del Pacífico, usando al mar y a sus corrientes como una cinta transportadora en vez de como un abismo insalvable. Quizá en nuestro ombliguismo y en el equivocado concepto de primitivismo y atraso con el que contemplamos a las culturas que nos precedieron, estén algunas de las razones por las que se continúan ignorando los contactos transoceánicos en el pasado, un terreno que para ser justos también está sembrado de especulaciones carentes de fundamento.

LOS EGIPCIOS EN AMERICA

Uno de los capítulos más delicados de estos presuntos contactos transoceánicos es el que escriben los que proponen la llegada intencionada –puesto que por accidente es más fácil de aceptar- a América de diversas expediciones egipcias y su regreso a tierras del Nilo, correspondiendo las mismas a las que según los egiptólogos realizaron algunos faraones a la mítica Tierra de Punt. Viajes que al parecer ya se realizarían 2.500 años a.C. repitiéndose hasta al menos el siglo II a.d.C. y que alcanzarían su punto culminante con la reina Hatsheput, de cuyas “aventuras” los investigadores tienen sobrados datos en las inscripciones del templo de Deir el-Bahari. El investigador belga-argentino Paul Gallez, autor de obras de referencia como “La Cola del Dragón”, propone como una identificación válida del País de Punt las inmediaciones del lago Titicaca, concretamente la región de Puno, donde abunda el oro y otros metales que los egipcios explotaban y llevaban a su imperio. Esto daría sentido a las semejanzas ya comentadas en la confección de embarcaciones de juncos, pero también a un buen número de inscripciones con escritura egipcia localizadas en diferentes puntos de Norte y Sudamérica. Muchas de ellas han sido investigadas por el experto en epigrafía y profesor de Harvard Barry Fell, destacando la localizada en un túmulo funerario de Davenport, en Iowa, cuyo carácter trilingüe –egipcio, púnico y libio- la hacen especialmente interesante. La misma ha sido datada en torno al año 800 a.d.C, una época en la que gobernaba en Egipto una dinastía líbica, la XXI, aludiendo la inscripción a la celebración de Año Nuevo egipcio. Canadá, Nueva Guinea y Chile también han sido lugares investigados por Fell con desigual éxito. De hechos, sus investigaciones para Chile fueron rechazadas en bloque por la comunidad científica de dicho país cuando las hizo públicas en 1975. Según Fell, una inscripción rupestre de Tinguiririca, localiza en el interior de una cueva en los Andes por Kart Stolp en 1885 daría cuenta no sólo de la arribada a la zona de naves egipcias pertenecientes al faraón Ptolomeo III, que según las fuentes históricas organizó una gran expedición para dar la vuelta al mundo, sino de la adhesión de dicha tierra a las posesiones de este y su familia. Ahí es nada. Aunque aún cuenta con numerosos partidarios la hipótesis de egipcios en América ha ido perdiendo fuerza en los últimos años, en parte por una mejor compresión de la arquitectura piramidal de ambos lugares, tradicionalmente asociada más por parentesco que por evidencias reales, y por otro lado por el desmoronamiento de una de las pruebas tenidas por más sólidas hasta hace poco, la presencia de restos de tabaco y coca en momias egipcias. Los restos de esta planta oriunda de América aparecieron en 1976 en la momia de Ramses II, cuando estaba siendo sometida a tratamiento de conservación en el Museo de Historia Natural de Paris.  Quince años después Svetla Balabanova, toxicóloga del Instituto de Medicina Forense de Ulm, en Alemania, localizó no sólo resto de nicotina, sino de coca y hachís en decenas de momias egipcias, con unos niveles mortales que hicieron plantear la hipótesis de su uso en los procesos de momificación más que su consumo. Pero el dilema no era ese, sino la procedencia americana de esas plantas en momias milenarias. El enigma se resolvió hace tan sólo unos años, cuando se supo que la presencia de esas sustancias eran el fruto de una manipulación “sucia” de dicho material arqueológico.

EL FU-SANG DE LOS CHINOS

La reciente publicación de la obra del ex militar británico Gavin Menzies “1421, el año en que China descubrió el mundo”, en la que a través del estudio de diversas crónicas y cartografía propone la llegada al nuevo continente de una flota china, auspiciada por el emperador Zhu Di y encabezada por el admirante Zheng He, 72 años antes que lo hiciera Colón, el descubrimiento de Australia y la circunnavegación del globo 100 años antes que Magallanes, ha reabierto una vieja discusión que se remonta hasta al menos el siglo XVIII. Y es que ya en el año 1761, el sinólogo francés Joseph de Guignes propuso que la localización del mítico país Fu-Sang, citado en Anales de China desde el siglo III a.C. al V de nuestra Era, situado “muy lejos al este, allende los mares” y descrito como maravilloso, no era otra que la de México. Allí habría viajado con éxito una expedición enviada por el emperador de la dinastía Han, Shih-Huang-Ti, hacia el año 219 a.C., así como el monje budista Hwui-Shin en el 499, quien precisó su ubicación “en la costa oriental del mar oriental”. De Guines llegó incluso a proponer la existencia de una ruta marítima transpacífica estable, que recorría el norte de Asia y América estableciendo un floreciente comercio en torno al siglo V de nuestra era.

Mención aparte merece sin duda el reiterado hallazgo de anclas de piedra en la península de Palos Verdes, en la costa de Los Ángeles, piezas que vienen apareciendo desde el año 1973 y que se caracterizan por ser circulares y de tamaño diverso, con un orificio en su centro. Estos anillos pétreos responden a la tipología de las anclas chinas y su datación a partir de la costra de manganeso que se adhiere con el paso del tiempo a las mismas ha arrojado dataciones que se remontan a los 1000 años de inmersión. Y aunque como partidarios de esta hipótesis se han manifestado expertos como William Clewlow, arqueólogo de la Universidad de California y el antropólogo James Robert Moriarty, de la Universidad de San Diego, no han faltado las voces críticas que atribuyen dichas anclas a los emigrantes chinos que el siglo XIX retomaron su oficio de pescadores cuando se atenuó la fiebre del oro. Igual suerte han corrido quienes ven la representación de elefantes indios en los códices o en las ruinas mayas de la Gran Plaza de Copán, en Honduras, donde la controversia se ha centrado en una estela que representa a un hombre con barba y bigote cuyo tocado incluye dos cabezas de presuntos elefantes que oficialmente son interpretadas como guacamayos. Precisamente las estelas de Copán destacan tanto por su tamaño como por el cargado barroquismo, con infinidad de adornos y filigranas que las emparentan estilísticamente con el arte hindú. Y no deja de ser curioso que en Ecuador se localizara hace varias décadas una placa de piedra datada en el siglo III a.C. con inscripciones en libio en la que también está representado un elefante. Precisamente el arquitecto e investigador chileno Jaime Errázuriz Zañartu resalta en su obra “Cuenca del Pacífico: 4.000 años de contactos culturales” la existencia en tierras ecuatorianas de “nueve distintos rasgos culturales asiáticos”, concentrados en apenas 200 km. y con una antigüedad de unos dos mil años. Los vasos trípodes, las figuras sentadas los apoyanucas y la arquitectura serían algunos de esos rasgos comunes, que se sumarían a las más de 200 coincidencias toponímicas entre Perú y China. El trabajo del jade, tan detalladamente desarrollado entre los olmecas de forma simultánea a su eclosión en China, se esgrime también como prueba, y de hecho la semejanza en los motivos es muchas veces desconcertante. Por su parte Gustavo Vargas Martínez, profesor de la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México, profundiza en la identificación de Fu-Sang con algún punto de América aportando, entre otros muchos argumentos, un origen chino al sistema de computación por nudos de los quipus utilizado por los incas y que los chinos denominaron qi pui o “memorizar a espalda”, una relación ya intuida por el célebre Alexander von Humboldt.

 

José Gregorio González

COMPARTE: